jueves, 4 de septiembre de 2014

Colombia 1797-1810- historia

En Colombia 1797-1810 pretendo mostrar un panorama amplio aunque introductorio a este periodo histórico.
Colombia 1797-1810(Fragmento del libro Historia de Colombia:1537-1918)

HACIA LA INDEPENDENCIA.
"La historia, como descarnado relato, como simple ejercicio cronológico, no me ha seducido nunca, ni me atrae su lectura, ni sentiré la tentación de escribirla. En el hecho histórico hay que investigar las causas que lo determinan y entre ellas las hay pequeñas y grandes. Es un lugar común aquello de que las pequeñas causas producen los grandes efectos".
Tomado del libro Historia de mi vida, de Julio H. Palacio, Librería Colombiana Camacho Roldán Cía., Ltda.., Editorial Antena, 1942.

Había pasado el tumulto de la revolución de los comuneros- que directamente pareciera no influir en los acontecimientos de nuestra particular historia-, como retaliación a la impopular política colonial borbónica, y exige de nuestro intelecto un par de reflexiones puramente ideológicas para que se diera esta gesta, como evento precursor que fue de nuestra idea moderna de estado.
Rebosada la copa y metidos ya en el movimiento comunero, perciben los estudiosos que en las capitulaciones firmadas en Zipaquirá entre los revoltosos y las autoridades españolas, una fundamentación en el «tradicional espíritu castellano de libertades municipales», auto-convocándose a co-legislar, no pidiendo cambios radicales en la legislación general sino soluciones concretas a sus quejas específicas y, también reiterando el «concepto tomista y medieval de la justicia distributiva, que los juristas españoles y especialmente Suárez debieron popularizar entre los criollos cultos de las colonias americanas».[1]

Nuestra nación era mono-exportadora, desde entonces, dedicándose de plano a enviar a la metrópoli metales preciosos e importando de allí, manufacturas (con grandes márgenes de intermediación para los comerciantes granadinos que circunscribían su visión comercial a traer artículos de la Madre Patria). Los productos agrícolas no encontraban gremio interesado en exportar. Pero el modelo no duró mucho en hacerse papilla por cuanto España, con respecto a las tierras de Ultramar, no tenía capacidad de abastecer la demanda de productos (como único proveedor) solicitados desde América.

La luna de miel entre España y los gremios comerciales granadinos empezó a deteriorarse, recurriendo nuestros líderes empresariales, a adquirir de contrabando mercancías inglesas y holandesas (que puestas en las Antillas otorgaban un mejor precio frente a los productos españoles). De allí el aliciente de nuestros comerciantes en obtener el libre comercio. Que estos intereses chocaban con los del artesanado y su micro-industria incipiente, por cuanto estos proveían a precios populares, tejidos, por ejemplo, para las masas y los ricos comerciantes pretendían ensanchar aún más su flujo comercial a costa de lo que fuera.

Otro ingrediente alimentó la sazón del explosivo plato y fue la paulatina conversión de La Encomienda por el régimen de las grandes haciendas, formadas por las mercedes de tierras o los remates de realengos, «haciendas que sus propietarios trabajaban, de manera principal, con indios concertados». Pero la mano de obra era insuficiente y los terratenientes debían elevar los salarios para tentar a los aborígenes, con disgusto de la oligarquía criolla que veía en los resguardos y en la posesión de tierra por parte de los indígenas a un único enemigo, que los hacía pagarle a los trabajadores más de lo que ellos estaban dispuestos a pagar en condiciones normales.[2]

En suma, las clases populares y desvalidas tenían serios reparos en creer que poniéndose de parte de la insurrecta burguesía criolla iban a obtener mayores beneficios que los otorgados por España. Mientras tanto Napoleón Bonaparte esgrimiendo argumentos de estrategia militar o política (el bloqueo continental a Inglaterra para ganarle la partida), negocia con el Rey Carlos IV (anciano y carente de aptitudes, quien había delegado los asuntos de gobierno en manos de Manuel Godoy)[3], un permiso para pasar sus tropas e invadir a Portugal. En el proceso derriba al rey (aprovechando el descontento familiar del futuro Fernando VII, enemigo de Godoy, al cual los españoles consideraban como un símbolo de renovación y cambio) pone a su hermano José en el cargo.El descontento social no se hizo esperar por parte de la pequeña burguesía que en las provincias se hizo al poder, por medio «de juntas regionales autónomas, conservadoras a los derechos de Fernando VII…»[4]

Dada la competencia entre estos dos gobiernos paralelos en la península ibérica,la Junta Central –organismo radicado en Sevilla- declaró el status de igualdad de derechos entre las colonias americanas y el pueblo español y, así mismo celebró un tratado con Gran Bretaña para hacerle la guerra a Napoleón. Los americanos creyeron poder enviar un número significativo e igualitario (con las provincias españolas) de delegados a la Junta Central, escudados en la mayor población americana, cuando ¡oh sorpresa!, solo se les concedió 9 representantes frente a 36 de las provincias españolas.Los cabildos, en especial el de Santafé, fueron los responsables de canalizar el descontento a través del Diputado electo del territorio neogranadino, ponderando la necesidad de mejorar la participación americana.

Entre tanto, la burocracia española en los territorios de ultramar captó la idea que independientemente de la dinastía que gobernase a España, ellos debían fidelidad a las instituciones y a los monarcas de turno que eran quienes sostenían sus cargos vigentes. La camarilla de criollos potentados apoyaba el régimen de Fernando VII y, solo hasta cuando se convencieron de la posible estabilidad del régimen francés, incluyeron la posibilidad de independizarse, concibiéndola como un alzamiento contra Francia. Pero los oidores de la Audiencia no se estaban quietos ni expectantes; muy al contrario, temiendo perder el control administrativo del virreinato en manos de potenciales rebeldes ajustaron las medidas de seguridad.

En otra latitud, en Quito, el 10 de agosto de 1809, los subversivos criollos aprisionaron a los miembros de la audiencia local y erigieron su Junta suprema de Gobierno. Las repercusiones del golpe en nuestro virreinato no se hicieron esperar. Los oidores, presionaban al Virrey instándolo a no permitir que los sucesos de Quito se repitieran en Santafé, apresando a los criollos de lealtad institucional cuestionable. El Virrey, deseando congraciarse diplomáticamente con ambas partes citó a una reunión entre el Cabildo, la audiencia, los oficiales reales, las autoridades eclesiásticas y criollos notables en general, para decidir la actitud frente al acto revoltoso en Quito, apoyada implícitamente por los cabildantes y reprobada de facto por los oidores.

En todo caso La audiencia de Quito recuperó su gobernabilidad antes que pudieran intervenir los granadinos en una forma u otra. Esta actitud ambigua(o conciliatoria) como prefiramos llamarla movió a los criollos a querer ganar para su postura al Virrey, porque consideraban que los miembros de audiencia cederían a la postura napoleónica si ésta se afianzaba en España. Los oidores empezaron a mover sus engranajes y decidieron seguirle un proceso al Virrey Amar y Borbón- porque recelaban del entendimiento de éste con los criollos- y destituirle de su cargo, con la acusación de entregar, junto con sus cómplices granadinos, el Reino a Napoleón.

Estando el proceso en curso, los notables, informado de las acciones legales instauradas en secreto, convocaron a una reunión para disponer las acciones a seguir. En este conciliábulo se acordó que el alcalde ordinario de Santafé, Don Luís Caycedo acusara a su vez a los oidores en los mismos términos de conspiración contra el gobierno legítimo y se pedía una orden de cateo por decirlo así para la casa del oidor de Alba donde se presumía encontrarían pruebas incriminatorias. Por medio de este acto el Virrey se enteró del la intención de los Oidores y mandó cercar el Palacio con tropas e hizo preparar la orden de arresto para el oidor de Hernández de Alba, recibiendo el apoyo irrestricto de los criollos en defensa de la autoridad virreinal. Los integrantes de la audiencia reaccionaron llamando al virrey a transigir, para formar un frente unido peninsular y decidiendo conjuntamente perseguir a los revoltosos criollos, cayendo en tales redadas, Don Antonio Nariño, quien discrepaba con los patricios criollos (en la toma del poder por los Cabildos), en cuanto creía que solo con un levantamiento popular era posible el cambio sugerido.

La presión militar francesa sobre la Junta Central de Sevilla obligó a su dispersión, pero en el exilio y bajo protección británica convocó a las cortes del reino; necesitada, como estaba, del apoyo americano, amplió la cuota representativa de América y envió como comisionado regio a Don Antonio Villavicencio (educado en Santafé). La burocracia colonial observaba con recelo el acercamiento de estos con el partido americano y ponían trabas a su desempeño. A su llegada a Cartagena, el señor Villavicencio medió para que se le diera participación activa al cabildo en la administración pública- al parecer esta sería la constante de su visita- y en un informe enviado al Concejo de regencia el 24 de mayo de 1810 lo ratificaba, acusando a las autoridades y pidiendo el nombramiento en cargos importantes para la élite criolla.

Esta antesala de los comisionados y su política frente a la crisis, previno a los oidores y al Virrey en Santafé de tomar medidas coercitivas contra los sublevados americanos, a ver si los comisionados regios decidían tener entendimiento y óptimas relaciones con traidores. Madura la crisis, la presión habría de estallar por alguna fisura; es así como para el 9 de Julio de 1810, los vecinos del Socorro se amotinaron contra el Corregidor por sus malos manejos y lo arrestaron, erigiendo una Junta que los representaría y ejercería el gobierno, haciendo pública además su Acta de Independencia-que en este contenido significaría mejor acta de participación en el gobierno-.

Este atrevimiento permeó en Santafé y arrojó los primeros resultados concretos el 20 de Julio, cuando el pueblo (a instancia de los cabildantes y con la intención de refrenarlos para evitar los excesos cometidos en la gesta comunera) se amotinó y el Ayuntamiento firmó el acta de independencia (redactada por José Acevedo Y Gómez). En ese documento se registra que dentro de las personas notables a quienes el cabildo confía el gobierno del Reino, estaba Don Luís Caycedo y Flórez, para uno de los seis ministerios, el de Gracia, Justicia y Gobierno.[5]

[1] JARAMILLO Uribe, El pensamiento colombiano en el siglo XIX, Editorial Temis, Bogotá 1982, tercera edición, páginas 105-108.
[2] LIEVANO Aguirre Indalecio, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, Volumen II, Bogotá D. E., 12ª edición, Ediciones Tercer mundo 1987, páginas 516-519.
[3] (1748-1819), rey de España (1788-1808), sus gobiernos hubieron de hacer frente a las consecuencias de la vecina Revolución Francesa…A partir de 1806, la situación política fue cada vez más difícil, y ello condujo a los sucesos de marzo de 1808 (motín de Aranjuez), los cuales provocaron la primera abdicación de Carlos IV en la persona de su hijo Fernando. Su segunda abdicación tuvo lugar el 6 de mayo de ese año, en la localidad francesa de Bayona, y benefició al emperador Napoleón I Bonaparte, en quien depositó la autoridad regia española, forzado tanto por la presencia de tropas francesas en España, en tránsito teórico hacia Portugal, como por la posición de su hijo Fernando, quien, a su vez, había abdicado en su propio padre en la misma fecha. “Carlos IV” Microsoft ® Encarta ® 2006 [DVD]. Microsoft Corporation, 2005.
[4] OCAMPO LÓPEZ, Javier El proceso político, militar y social de la independencia, Nueva Historia de Colombia Vol. 2 República Siglo XIX, Planeta Colombiana Editorial, Santafé de Bogotá 1989, página 14.

[5] ORTIZ Sergio Elías, Ob., Cit., páginas 135-203.

Ediciones 2011-15
Ver también: 20 de julio de 1810 en la historia de Colombia

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