jueves, 12 de febrero de 2009

Venezuela antes de Bolivar

Venezuela antes de Bolivar intentará describir el estado de la hermana República antes de la venida al mundo del Libertador Simon Bolivar.

Entre las nobles y dignas figuras que en el glorioso cuadro de la independencia se destacan majestuosamente durante la revolucion que dio la libertad a las antiguas colonias españolas de la America Central y de la America del Sur, la del esforzado caraqueño Simon Bolivar se encuentra en primera linea al lado de las de Miranda, San Martin y Sucre, orlada de inmortal aureola.

El ejemplo de los Estados-Unidos del Norte influyo de una manera extraordinaria en el porvenir de los pueblos Suramericanos, que desde muy atras venian experimentando la tiranica opresion de los virreyes españoles, y el eco del santo grito de emancipacion dado por Washington en las margenes del Potomac, poderoso a despertar el entusiasmo patrio, resonó en las del Magdalena, el Orinoco y el Plata, conmoviendo también el corazon de los Andes.

Corria el año 1796, cuando en el puerto de la Guaira, remitidos desde España, desembarcaron Manuel Cortes Campomanes, Jose Laz, Sebastian Andres y Juan Bautista Picornell con destino a los presidios de America, como cabezas de cierta conspiracion, cuyo fin era dar a la monarquía espanola una forma democratica despues de derribar el trono de Carlos IV, rey incapaz de alcanzarse por sus actos el buen nombre con que su antecesor habla bajado al sepulcro.

Iniciados estos hombres, como la mayor parte de los espanoles ilustrados de su tiempo, en las doctrinas propaladas por la revolucion francesa, se anunciaron desde luego con el caracter de martires de la causa republicana, dando pabulo por medio de sus sencillos y fáciles principios politicos al entusiasmo liberal que habia principiado a germinarse en el animo fogoso de la juventud.

Conspirabase ya en favor de las nuevas ideas, cuando Sir Tomas Picton, gobernador ingles de la isla de Trinidad, recibio un despacho en el cual su gobierno le encargaba favoreciese la causa de la independencia americana; pues por aquel entonces, rotas las buenas relaciones entre España e Inglaterra, esta buscaba todos los medios habiles de hacer la guerra a aquella, y el mencionado despacho, impreso de orden de Picton, circulo con gran rapidez entre todos los venezolanos.

Esta determinacion del gobernador ingles tenia lugar el 26 de Junio, y cerca un año mas tarde, el 4 de igual mes de 1797, los conspiradores resolvian dar libertad a los encarcelados para que fuesen a buscar auxilios extranjeros, y facilitaban la evasion de todos ellos menos Laz, que habia sido ya remitido a su presidio hacia algun tiempo, sin que este hecho diese lugar por parte del gobierno a otra cosa que a algunas pobres e infructuosas averiguaciones.

La gestion de aquellos hombres decididos en contra del gobierno que los habia expatriado, poniendo entre ellos y su suelo natural la inmensidad de los mares, fue bastante activa y produjo algunos buenos resultados, disponiendo favorablemente los animos de los americanos residentes en Europa a la causa de las libertades patrias.

Casi todos los habitantes de la Guaira sabian que por el mes de Enero de 1798 un grande acontecimiento tendria lugar en el pais, y hablaban de sus planes con poca reserva y sobrado calor.

Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manos vino la casualidad a poner el hilo de la trama, o mas bien que la casualidad la poca discrecion de un comerciante de Caracas, llamado Don Manuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer proselitos se franqueo a su barbero, mancebo timorato y de pocas luces. Este, despues de haber descubierto el secreto a otros jovenes de su clase, y previo acuerdo de todos, fue a consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado Don Domingo Lander. Por boca de este y de otro clerigo llego a oidos del provisor, quien lo noticio al capitan general.

Preso Rico y ocupados sus papeles, ofrecio Carbonell a los conjurados el perdon y olvido de su delito, siempre que se presentasen en cierto término ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma entre todos los iniciados, despertando en sus animos el temor de verse denunciados unos a otros, y corrieron de tropel a ponerse en manos de las autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en el arte de conspirar.

Pronto las carceles se vieron atestadas de venezolanos honrados y laboriosos. Aun no habia corrido un mes desde la denuncia, cuando ya se oficiaba a la Corte de España diciendole: "que a excepcion de dos, que habian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demas complices se hallaban presos." Don Manuel Grial, capitan retirado y Don Jose Maria España eran los referidos profugos.

Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme a la promesa, en Agosto del mismo año ordenaba la Audiencia que los detenidos fuesen desterrados a perpetuidad y trasladados unos a la metropoli y otros a Puerto-Rico.

Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuel de Guevara Vasconcelos, quien haciendo un uso inhumano de las amplias facultades de que iba investido, condeno a ser ahorcados y descuartizados a seis de los principales conspiradores. Este inicuo e injusto proceder exacerbo al pueblo venezolano, tanto mas cuanto que los promovedores de la conspiracion, Sebastian Andres y Jose Laz, a pesar de su mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes no merecieron otra pena que la de reclusion en las provincias de Panama y Puerto-Cabello.

Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del ano 1799, en cuyo mes de Abril fue apresado Don Jose Maria España, a quien su mala estrella trajo desde la Trinidad a la Guaira en busca de su esposa; la tierna solicitud de esta no basto a tenerle bien oculto ni defendido contra las pesquisas de los agentes del gobierno. El 8 de Marzo, esto es, a los nueve dias de su captura, sufrio el desgraciado la pena de horca y su cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta al público en la Guaira, mientras sus mutilados miembros fueron distribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde de los caminos.

Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y mas los animos y excitar el odio y general descontento de un pueblo digno de mejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto de los esclavos.

Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo no poco de este modo a acelerar la emancipacion de Venezuela y la de todas las otras colonias, cuyos clamores, llevados a Europa por algunos de sus mas decididos patriotas, solicitaban de Francia e Inglaterra los necesarios socorros para emprender la obra santa de su independencia y tratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido allí desde hacia tres siglos por los espanoles con menoscabo, injusticia y fragrante impunidad de los sagrados derechos naturales de aquellos que llevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aun bastantes a alimentar su insaciable codicia.

Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban el peruano Don Jose Caro, el granadino Don Antonio Nariño y, con sus vastas relaciones y gran nombre europeo, el caraqueno Don Francisco Miranda.
Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados del mejor deseo, ponian en juego cuantos medios estaban a su mano para concertar en el antiguo continente la manera de cambiar la faz política de su pais, dandole un gobierno independiente y republicano que guiase los pueblos a la prosperidad y adelantos que el movimiento general de la epoca y la riqueza de la America reclamaban.

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