sábado, 29 de marzo de 2008

JORGE ISAACS Y SU AMIGO EMIRO KASTOS


Este escrito sobre Jorge Isaacs es del Profesor Libardo Vargas Celemín[1]:
El Ibagué parroquial del siglo XIX, prisionero de la modorra y la abulia de sus habitantes, sintió sobre sus estrechas y empolvadas calles, los pasos vacilantes del autor de la mejor novela latinoamericana del período romántico. Aquí llegó en el año 1880, Jorge Enrique Isaacs Ferrer, huyendo del Estado Soberano de Antioquia, del cual había sido presidente por unos pocos días, luego de haber derrocado a Pedro Restrepo Uribe.
Isaacs había publicado su obra maestra en 1867, cuando era un joven lleno de ilusiones y decidido a abrirse paso en las abruptas selvas de la literatura y la política colombiana. Muy pronto obtuvo el reconocimiento por su trabajo con la palabra, en la política en cambio, fue recibiendo constantes golpes y las guerras civiles de mediados de siglo lo tuvieron como un protagonista más, defendiendo ideas que le parecían justas y cuya validez trataban de imponer por la fuerza.
No era un hombre acaudalado, antes por el contrario, su familia atravesaba por una profunda crisis económica. Desde esta ciudad enviaba cartas angustiosas a sus amigos para que lo rescataran de la miseria. El aventurero que había sido, miraba ahora con preocupación cómo se iba agotando el tiempo de su vida y cómo no había logrado atesorar un pequeño capital para ofrecerles un futuro bienestar a sus hijos y a su señora.
Isaacs deja a su familia en Ibagué y marcha como jefe de una comisión investigadora hacia el norte del país, esta experiencia Ie permite dar rienda suelta a su espíritu de buscador de minas, pero también Ie posibilita adelantar estudios antropológicos empíricos en las tribus que visita. De su paso por la Guajira dejará libros curiosos como “Estudios sobre las tribus indígenas del Estado del Magdalena” y además dará cuenta oficial de la existencia de las minas del Cerrejón en un texto que tituló “Hulleras de la República de Colombia en la Costa Atlántica” escrito en Ibagué en 1890, las mismas que serán explotadas cien años más tarde. De su experiencia en Antioquia deja el libro “Revolución Radical en Antioquia”.
Ibagué es un refugio para este luchador que es el prototipo del intelectual del siglo XIX en nuestro país. Llega invitado por Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo), un paisa que se hallaba instalado en la ciudad desde hacía varios años y que era considerado uno de los escritores colombianos más radicales, ya que con su pluma y su singular ironía, se había convertido en un temible cronista que, con elegancia y buena prosa, defendía la libertad de enseñanza, de imprenta y de comercio, como un verdadero panfletario que incendiaba con su palabra de liberal, los entusiasmos de algunos grupos sociales.
Emiro Kastos fue el benefactor de Isaacs, le dio para que viviera la finca de La Meseta, sitio que hoy se encuentra prácticamente en ruinas, y en cuyos cuartos y corredores pasó largos días de meditación este hombre que tenía un corazón tan inmenso, que había sido capaz de hacer llorar a
Latinoamérica con su historia de idilios frustrados, pero que también describía las luchas intestinas que siempre hemos librado los colombianos, como el mejor ejemplo de la estulticia humana.
El combatiente de la palabra y antecesor de Vargas Vila, Emiro Kastos, sería el verdadero amigo de Isaacs durante los últimos años de su vida. Pasaban largas veladas a la orilla del Combeima dialogando sobre autores y poemas favoritos, sobre la situación del país y sus proyectos abortados por las condiciones políticas en que había caído su patria. Rafael Nuñez había sido el blanco de sus mordaces críticas y moriría unos meses antes que su gran adversario, quien en noviembre de 1894 abandonaría la vida terrena sembrando el dolor y la angustia en su protegido.
Hoy nos parece curioso que los poetas y novelistas del siglo XIX tuvieran esa extraña mezcla de luchadores políticos, militares y practicantes de múltiples oficios para sobrevivir. Tal vez una de las ideas que obsesionaban a Isaacs en Ibagué fue la posibilidad de poder explotar oro, se dedicó a buscar minas y a denunciarlas ante las autoridades. Le fueron otorgadas autorizaciones para explotar por lo menos nueve filones, pero la suerte no estaba de su lado, la mayoría de estas vetas estaban llenas de impurezas y sus esfuerzos para hacerlas productivas, solo lograron consumirlo más en la miseria en que vivía.
Un hombre derrotado política y militarmente, un minero fracasado y un padre de familia desesperado por dejarle una herencia decorosa a sus hijos, tal era el panorama del autor de María en sus últimos años de vida. Ya no volvió a sus andanzas por el país, escasamente viajaba a Bogotá a compartir algunas tertulias con José Asunción Silva, y regresaba a este “lugarejo“, como alguna vez bautizó a Ibagué. Su arraigo a la ciudad era nulo, el poblado era una ambigüedad en sus sentimientos, por una parte era el albergue donde había encontrado una relativa paz, pero por otro se convertía en el sitio donde comenzaba a enterrar sus últimas aspiraciones.
La familia de Jorge Isaacs tenía un pequeño negocio en la plaza principal, sin embargo no era suficiente para vivir holgadamente.
Las inversiones en las minas sólo le habían dejado pérdidas y los derechos de autor de más de catorce ediciones de María, que se habían realizado en México, no llegaban. El paludismo poco a poco iba minando su salud y el desespero por poder terminar sus nuevos escritos también lo acosaban.
Aquí en Ibagué inició los borradores de Camilo o Alma Negra, una novela de la que sólo dejó seis capítulos, y Fania, la obra que, según sus propias palabras, sería más importante que María.
Objetivamente la estadía de Isaacs en Ibagué no le reportó muchos beneficios para la realización de su obra, pues ya la había escrito en su juventud. Aquí sólo encuentra un paisaje agreste al que le canta con la amargura y el desespero del perdedor.
Sus últimos escritos reflejan precisamente eso, la despedida de un hombre que soñó y luchó por lo que consideró sus ideales y a quien sus contemporáneos negaron la estabilidad y la tranquilidad que necesitaba para poder escribir obras maduras.El testamento de Isaacs es la mejor prueba de sus pocos afectos por la tierra de Ibagué, la petición de que sus despojos mortales reposaran definitivamente en Medellín, se cumplió sagradamente, pero a pesar de todo la ciudad de prodigó un postrero homenaje, lo enterró con gran despliegue y cinco años después las autoridades cumplieron con su última voluntad, los restos fueron enviados allá.


Ver JOSE MARIA VARGAS VILA

[1] POETAS Y NOVELISTAS COLOMBIANOS DE PASO POR IBAGUÉ Aquelarre. Revista semestral del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. No1. Edición Enero –Junio 2002, páginas 59-60

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